La cuadra

Estaba harta. Más que harta. Estaba hasta el moño.
A lo largo de su vida, no recordaba haber hecho otra cosa que limpiar, fregar, barrer, lavar, planchar…y total ¿para que?
Cuando era pequeña y tenía que ayudar a su madre a hacerlo, nunca recibió de ella ni un elogio por la faena bien hecha, pero si que había recibido más de un coscorrón si olvidaba algún rincón al barrer, o dejaba una mota de polvo.
A base de ellos había aprendido a hacerlo bien.
Cuando pasaban semanas y meses sin que su madre la reprendiera por haber dejado algo mal, era consciente de que su trabajo había sido perfecto, aunque no reconocido.
Y se había convertido en hábito.
Al casarse pensó que su marido sabría reconocer que siempre tenía la casa, como decía su madre: “Como los chorros del oro”, aunque no hubiese visto nunca uno y por tanto no supiera que aspecto pudieran tener.
Pero él tampoco apreciaba su labor.
Pensó que eso era algo inherente al hecho de ser un hombre y desconocer como se llevaban a cabo estas tareas, pero cuando los hijos empezaron a enredar por la casa, a menudo él le llamaba la atención si encontraba un juguete fuera de lugar o los niños habían manchado algo sin que ella se diera cuenta.
Ni que decir tiene su reacción si encontraba una arruguita, por pequeña e invisible que fuese en una camisa. La desechaba arrugándola, para que ella tuviese que volver a plancharla, fijándose más.
Y al igual que su madre había hecho, nunca había tenido una palabra amable o de admiración hacia su trabajo cuando estaba perfecto.
Los años habían ido pasando, los chicos se habían marchado a vivir sus vidas y ella seguía igual. Esclava todo el día de una casa que no era un hogar y de un hombre que hacía tiempo que había dejado de ser un marido.
El día anterior, al agacharse para recoger un papel que se le había caido, una punzada en los riñones la había dejado doblada y casi sin poder moverse.
Por la noche, al llegar a casa, a él solo se le había ocurrido decirle:
-¿Qué, has estado todo el día viendo la tele y rascándote el coño? ¿Has visto como tienes la casa? ¡Parece mentira!-
Después había cenado de mal humor, se había sentado en el sofá, cogido el mando de la tele y se había puesto a mirarla sin más comentarios.
Ella había intentado contarle lo que le había sucedido, pero solo obtuvo un: ¡Excusas! y la indiferencia de rigor.

Esta mañana él se había vestido para ir a trabajar y antes de salir le había espetado: -A ver si cuando vuelva has adecentado esta cuadra-
Tras su marcha, ella se dedicó a pasar el dedo por los muebles. En un solo día sin quitarlo, apenas si había nada; el suelo, al no haber niños, estaba limpio, excepto algunas migas alrededor de la mesa; los cristales, al no haber llovido no se habían ensuciado y todavía no tocaba limpiarlos, (llevaba un estricto plan de limpieza); no había ropa por lavar, salvo la usada los dos últimos días, ni por planchar, pues lo había hecho el día anterior al de ayer.
Entonces ¿qué había hecho que él se diera cuenta de que en todo el día apenas si había podido hacer nada?
La casa se veia limpia, ¿porqué la había llamado cuadra?.

Cogió la aspiradora para empezar su labor diaria y como tenía por costumbre miró el nivel de la bolsa por si era necesario cambiarla.
Estaba casi llena, así que se dirigió a la cocina en busca de una nueva y, de paso, hacerse un café para afrontar el nuevo día.
Mientras esperaba que el café acabara de subir y así evitar que se derramara y tener que limpiar innecesariamente la cocina tuvo una idea.

El café terminó su viaje y llenó una taza.
Se sentó a tomárselo mientras maduraba su plan.

Una vez terminado, lavó la taza, la colocó en el escurridor, cogió el cubo de la basura, que el día anterior no había podido bajar y se dirigió a la otra punta de la casa, donde ya tenía la aspiradora.
Sacó la bolsa llena de polvo de la panza del aparato y empezó a derramar el polvo de la bolsa y la basura por toda la casa, cuidando de pisar bien pisado todo aquello que pudiera dejar manchas en el suelo.
Vió un tomate que había desechado por no estar en perfectas condiciones para la ensalada y lo restregó por la mesa y por algunos muebles.
Fue a la cocina y vació el poso del café en un plato. Luego embadurnó las puertas, que por suerte eran blancas, con él.

Un par de horas más tarde dio por finalizada su labor.
Se duchó dejando la mampara abierta para que el agua mojara la alfombra y cuanto estuviese a su alcance, aprovechó para dejar el baño bien enredado, con restos de pintalabios en el espejo y manchas de jabón en el lavamanos, se vistió y cogiendo su bolso salió por la puerta.

Anochecía ya cuando él abrió la puerta y lo primero que vió fue la nota que ella había dejado pegada en el espejo.

Cariño:
Me has dicho que limpiara la cuadra, pero no creo que hayas visto nunca ninguna, así que te he dejado un ejemplo de lo que es una verdadera cuadra.
Me he ido a pasar unos días a casa de la nena.
Cuidate.
Besos.
Postdata: Me parece que no hay nada en la nevera, pero quizás encuentres algo en el congelador.
*-*-*-*-*


El beso

-¿Que te parece si intentamos batir nuestro record?- le preguntó antes de unir sus labios.
Ella no tuvo tiempo de responder, pues ya la boca de su amado cubría la suya.
Y como siempre que la besaba, se maravilló de que ni el paso de los años ni los problemas, hubiesen mermado el amor que sentían.
Lo suyo había sido un flechazo de los de verdad.
Del día que se conocieron solo recordaba el vuelco que le había dado el corazón.
Lo mejor de todo es que había sido mutuo y tras una temporada de escarceos, que aprovecharon para irse conociendo, decidieron unir sus vidas.
Apenas recordaba peleas.
Alguna vez habían tenido diferencias de opinión, pero siempre lograban llegar a una solución de compromiso que no hiciera mella en su mutuo afecto.
Como cuando intentaron tener un hijo.
Tras innumerables pruebas los médicos les habían dicho que no lograban entender cual era el problema, pues ambos eran fértiles. Pero, por algún extraño motivo no lograban procrear.
Barajaron muchas opciones, hasta que un buen día él la llevó a cenar y le preguntó si sentía la necesidad de tener un hijo.
Ella le respondió que si, pero solamente si él era el padre.
-Has interpretado mis sentimientos a la perfección.- había dicho él- pues no deseo que nadie más que tu sea la madre de mis posibles hijos.-
Así que habían decidido dejar que la naturaleza siguiera su curso y si alguna vez su amor daba frutos serían bienvenidos, de lo contrario seguirían amándose ellos dos.
Y habían pasado los años sin que los diera, pero su amor seguía tan firme como el primer día.
Todavía se le aceleraba el corazón cuando se le acercaba y él seguía colmándola de atenciones, flores, sorpresas…
Este año él le había regalado un viaje.
No, no un viaje cualquiera, era EL VIAJE, así en mayúsculas.
Una gira por todos los sitios que ella siempre había deseado visitar, pero que las obligaciones de ambos habían ido posponiendo.
Recordó como él le había susurrado al oido: -¿Confías en mi?- Y ella le había mirado y chispeándole la travesura en los ojos le habia dicho: -Ni loca-
-Pues haz las maletas que nos vamos- había replicado él.
Y allá que habían ido. Ella no sabía hacia donde y solo en el aeropuerto había descubierto su destino. París.
En realidad su primer destino, pues de allí habían ido a Italia y a Turquía, Egipto, Petra y a tantos sitios maravillosos que casi había perdido la cuenta.

Una azafata se acercó a ellos, interrumpiendo su beso.
-Por favor, -les dijo- deberían hacer caso de las instrucciones de seguridad para aterrizajes de emergencia.-
-Señorita, con todos mis respetos, -replicó él- váyase a tomar viento. Cuando este aparato llegue al suelo no quiero enterarme. Quiero estar abrazado a mi mujer. Besándola. Por si es nuestro último beso.-
*-*-*-*-*

El regalo

Estaba preocupada.
Mucho. Y no sabía a quien recurrir ni qué hacer.
Su hijo había cambiado. Llevaba unos días muy extraño.
Al volver de la escuela se encerraba en su habitación y no salía hasta que lo llamaba para cenar.
Y no sólo eso. Había comprado un candado y cerraba la puerta cuando salía de casa.
¿Qué había hecho mal?
Porqué este comportamiento le daba mala espina.
Había oido demasiadas cosas acerca de los malos hábitos que podían adquirir los hijos y aunque él no disponía de demasiado efectivo, sabía que los chicos son capaces de hacer muchas cosas para conseguirlo.
¿Qué podía hacer? ¿Hablar con alguien?, si pero ¿con quien?.
¡Si su marido estuviera a su lado! El, como padre y como hombre, quizás hubiera sabido qué hacer.
Maldijo, por enésima vez, al borracho, hijo de mala madre, que se había cruzado en su camino aquel aciago día y les había privado de su compañía y su amparo.
Pensó en romper el candado, pero había dejado de considerarlo pensando que si sus peores temores se hacían realidad, quizás la reacción de su hijo fuera desmesurada y ella no deseaba este enfrentamiento.
Por otro lado sus respuestas a cosas cotidianas, su actitud mientras compartían la mesa y sus notas escolares no demostraban que hubiese habido ningún cambio en su carácter, como decían que sucedía cuando caían en la tentación de las drogas.
Se estremeció al aparecer esta idea en su mente, así, con tanta claridad.
Cada vez que pensaba en todo esto, le daba vueltas al tema obviando la temida palabra, como si el no pensar en ella imposibilitara que este fuera el motivo.
Había intentado preguntarle a su hijo el motivo de su conducta, pero él había respondido con evasivas y cambiado de tema en cuestión de segundos.
Y los días pasaban sin que ella supiera a que atenerse.
Por las noches, al acostarse, seguía dándole vueltas al asunto y acababa durmiéndose rendida por el llanto.
Lloraba en silencio, para que él no la oyese.
No es que le tuviera miedo a su hijo, pero sí que le temia a lo que las drogas pudiesen hacerle hacer.
Porqué cada día que pasaba se convencía más de que este era el problema.
Esta noche, mientras cenaban le había planteado la cuestión de la limpieza de la habitación y él le había respondido que no se preocupara, que ya se ocupaba él del tema.
-Pero se tienen que cambiar las sábanas- había insistido ella.
-No te preocupes, mamá, ya las cambiaré- había contestado él y cambiado de tema automáticamente y cuando ella había intentado insistir, pensando que por ahí podría llegar a alguna parte, él le había dicho que quería escuchar lo que decían en la tele, en la que hacían una entrevista a alguien a quien no conocían.
Finalmente ella había callado.

El domingo siguiente él le llevó el desayuno a la cama.
-¡Feliz día de la madre!- le dijo dándole un beso mientras depositaba la bandeja con cuidado de no derramar el zumo.
Había hecho tostadas y zumo y café. Incluso había una rosa junto a la taza.
De pronto retiró la bandeja diciendo –Mejor ven al comedor, estarás más cómoda y desayunaremos juntos.-

Al entrar en el comedor comprendió el porqué de la extraña actitud de su hijo y grandes lágrimas de alivio y de felicidad se deslizaron suavemente por sus mejillas.
Un cuadro de ella con su marido, copia de una fotografía que se habían hecho durante su luna de miel, presidía el comedor.
*-*-*-*-*

Sueños

No podía dormir.
Algunos podrían pensar que era su mala conciencia, el conocimiento de que estaba desoyendo todos los sabios consejos que le habían dado hasta aquel momento y de su desobediencia clara a la respuesta que le habían dado sus padres cuando les enseñó el anuncio.
Porqué todo había empezado al leer aquel anuncio en una de las revistas que devoraba semanalmente.
Pedían gente de su edad, de su altura, de su complexión, peso y medidas, para publicidad.
¡Su sueño! Ser modelo.
Sabía que era guapa, no tan solo por que todos se lo decían, sinó por que tenía ojos en la cara y se miraba mucho al espejo.
Era consciente de poseer lo que se llamaba una “belleza salvaje”.
El conjunto de sus rasgos conferían a su rostro una imagen felina, que ella se encargaba de ensayar y perfeccionar a diario.
Pero los carcas de sus padres ni siquiera se habían planteado permitírselo y la respuesta había sido un taxativo ¡NO!.
Pese a ello había llamado y concertado una cita para que “la vieran”. Eso le habían dicho. Que primero tenían que verla y, si correspondía al perfil que buscaban, hablarían del tema y le dirían lo que necesitaba para empezar: un book de fotos, por ejemplo, le habían dicho que era imprescindible.
Pero su falta de sueño no obedecia tan solo a su preocupación acerca de éste tema, ya se las inventaría para conseguirlo si era preciso,sinó también a leyendas urbanas que le había contado su mejor amiga, acerca de raptos y cosas peores a chicas inocentes que habían contestado a tales anuncios. Incluso las vendían a jeques árabes para sus harenes. Cuando ella le había contestado que eso ya no se hacía, su amiga había insistido en que era práctica habitual entre los muchimillonarios de aquellos paises.
El problema de su amiga era que sabía que ella nunca podría aspirar a algo así, la pobre era feucha y desgarbada como ella sola, además de patosa y algo “rellenita”, dicho fuera para no ser muy crueles.
De todas maneras ella no era tonta y, por si acaso, había dejado una nota en su ordenador explicando donde iba y la dirección.
También se había preocupado de dejar unos cabellos, que se había arrancado de raiz, enredados en su cepillo y epiteliales en todos los sitios imaginables. Era una tontería, estaba segura de ello, pero su amiga había insistido mucho en que lo hiciera, que no en vano ella veia todas las series en las que la policía investigaba un crimen y sabía como identificaban a las víctimas; con el ADN que sacaban de todo aquello que recogían. ¡Epiteliales!. Le había hecho gracia la palabreja. Y solo se trataba de frotar bien las manos contra cualquier superficie que le pudiera arrancar trocitos microscópicos de piel, según le había contado su amiga.
¿Qué se iba a poner? Quizás aquel conjunto nuevo, con los zapatos que tenían un poco de plataforma, así se la vería más estilizada y algo de maquillaje, pero poco, no fueran a pensar que era mayor de lo que era.
Suponía que si la contrataban sus padres aceptarían la realidad. No podían impedirle alcanzar su meta. Su sueño. Ser modelo.

No podía dormir, pero tenía que descansar o le saldrían ojeras y aún no tenía muy claro como disimularlas del todo.
Se dio media vuelta en la cama, buscando una posición relajada.
Se puso a fantasear acerca de su futuro. Sabía que tenía un gran futuro por delante. Sería una modelo de las más cotizadas del mundo y algún director se fijaría en ella y la querría en su película y viajaría, iría a fiestas, conocería a todos los actores esos que tanto le gustaban y saldría con algunos y…
*-*-*-*-*

Venganza

Estaba acabado.
La puñalada trapera que acababan de darle le hundía en la miseria.
¿Cómo lo habían denominado? ¡Ah!, si,
“Reorganización y replanteamiento de prioridades”.
En pocas palabras, reducción de plantilla.
Por lo visto los más de mil millones de beneficios obtenidos el año anterior no bastaban para los codiciosos dueños de la empresa.
Primero habían caido los temporales y ahora, como la reducción de gastos, por lo visto, no era suciente, les había tocado a los más antiguos.
¡Oh, si! Todo habían sido buenas palabras, “finiquito suculento”, “prestación de desempleo de gama alta”, “inmejorables referencias”, “bla bla, bla bla…”
El resumen era que lo ponian de patitas en la calle con una edad en la que resultaba sumamente difícil encontrar un nuevo empleo, pero en la que la jubilación quedaba todavía demasiado lejos.
¿Y que iba a hacer ahora?
Tenía una famila de la que cuidar y unos pagos mensuales inevitables.
Dentro de un par de años, ¿Cómo se las iba a arreglar?.
Su mujer también trabajaba, claro está, ¿Quién puede permitirse, hoy en día, quedarse en casa a cuidar de los hijos?
Bueno, si, las esposas de los que le acababan de amargar la existencia, seguro que ellas no tenían los problemas de la suya.

Los días habían pasando y no había hecho otra cosa que sumirse en la desesperación.
La sed de venganza había hecho mella en él y pasaba los días imaginando maneras de arruinarles a ellos aunque ninguna factible.
Carecía de experiencia en cualquiera de los campos que abarcara su imaginación. No era una mala persona y todas sus elucubraciones se le antojaban delirios.

Pero una idea había cuajado en su mente. Una idea que no se le antojaba descabellada. Y hoy era el día perfecto para llevarla a cabo.
Al día siguiente iba a salir de viaje con su familia. Habían planeado salir temprano para evitar atascos. Se levantaría antes, recogería todas las garrafas vacías de agua, iría a la gasolinera aquella que no tenía personal de noche, y las llenaría de gasolina. Después las derramaría en el edificio de su ex-empresa y le pegaría fuego.
Ya sabía que tenían un seguro y todo eso, pero mientras se solucionara todo el papeleo, habría pérdidas. Lo único que deseaba.

Activó el despertador del móvil, lo dejó en vibración, para no despertar a nadie de la casa, lo colocó debajo de la almohada…

Y dejó en manos del destino la solución.
*-*-*-*-*

El objetivo

El sol se encontraba en su zenit.
La arena ardiente reververaba y sumaba su calor al del astro rey.
El lugar se hallaba plagado de enemigos. Podía verlos, allí, agazapados tras sus parapetos.
Las correas de la mochila se le clavaban en los hombros y las vituallas y demás enseres que acarreaba parecían de plomo.
El objetivo se adivinaba en la lejanía.
Había dado su palabra de conquistar la plaza y él nunca faltaba a su palabra.
Un soplo de brisa alivió momentáneamente su angustia.
¡Animo!, se dijo, ya falta poco para llegar.
Volvió la cabeza para asegurarse que el resto del grupo le seguía.
La consigna era reunirse en el vehículo si se extraviaban, pero solo de pensar en deshacer lo avanzado le ponía los pelos de punta.
Le pareció que un enemigo intentaba atacar la plaza y apretó el paso.
No iba a consentir que nadie la ocupara antes que ellos.
Hizo un último esfuerzo…


Y plantó el asta de la sombrilla en el hueco vacío que había vislumbrado junto a la orilla.
- Papá, eres el mejor – le premió su hija con una sonrisa que valía un universo, dándole un beso en la mejilla.
*-*-*-*-*

La primera vez

Estaba allí, sentado, mirando a las demás personas que, como él, estaban esperando; estudiando sus rostros, esperando encontrar en alguno un signo de alegría.
En vano.
Ninguno de los presentes aparentaba estar ni medianamente alegre.
Se sentía engañado.
Todos los que decían quererle le habían insistido, obligado, a ir allá.
Todos le habían dicho que no pasaba nada, que era algo que había que hacer, que ni se enteraría, que todo el mundo lo hacía, que, que, que…
No solo se sentía engañado, estaba simple y llanamente ACOJONADO.
La palabra se le presentó así, en letras grandes y casi creyó que todos le habían leido el pensamiento, pues algunos le sonrieron.
Pero no eran sonrisas alegres. Dulces si, pero no alegres.
Miró tímidamente a su madre, pensando que si ella también había notado la palabra tenía la bronca asegurada, pero no, al parecer ella no se había enterado. Seguía enfrascada en la revista que había cogido al sentarse. ¡Buf! Eso le quitó un peso de encima, pero el canguelo seguía presente.
A lo mejor era miedo a lo desconocido, quizás tenían razón, pero…
Quería escapar, pero sabía que no iba a poder, así que pensó que ojalá ya hubiese pasado todo, para bien o para mal y estar lejos de allí.
Empezó a sudar y a removerse inquieto.
Eso si llamó la atención de su madre.
-¿Quieres parar de una vez? – le reconvino.
El intentó estarse quieto, pero cuanto más lo intentaba más parecía que una legión de pulgas se estuviera paseando por su cuerpo.
Un par de los presentes habían sido llamados, pero no les vió salir, así que no podía deducir si era cierto lo que le habían dicho.
Finalmente le llamaron a él.

-¿Ves como no pasaba nada? – le dijo su madre al salir.
- Si, mamá, tenías razón - contestó – no volveré a tener miedo de ir al dentista.-
*-*-*-*-*

El muchachito valiente

Cuando era muy pequeñito, un día, al salir de la guardería le pregunté a mamá:
- Mami, ¿yo tengo papá?-
-Claro, hijo – respondió ella.
- ¿Y donde está? –
- Se fue de viaje –
- ¿Y cuando volverá? –
- No lo se, cielo. Algún día. –
Desde aquel día me pasaba las horas esperando a que papá regresara y de vez en cuando le preguntaba a mamá:
- ¿Tardará mucho? –
- No lo sé. – respondía siempre.
Una de esas veces en que se lo pregunté me di cuenta de que mamá intentaba no enfadarse conmigo.
Siempre me daba cuenta de eso.
A veces se enfadaba un poquito y me reñía, pero a veces se enfadaba mucho. En estas ocasiones notaba que se esforzaba en no enfadarse, para no reñirme mucho.
Esa vez, en lugar de reñirme me explicó que a veces los papás y las mamás no se entendían y entonces uno se iba de viaje. Y a veces volvían y a veces no. Y papá no había vuelto, y ella no sabía si volvería alguna vez.
- Pero no le necesitamos para nada, ¿verdad, chiquitín?. Nos bastamos tu y yo solitos.-
Le di la razón aunque me dejó triste pensar que papá quizás no volviera, porque era como no tenerlo.
Algún tiempo después de eso, mamá me dijo un día:
- Cariñito, he de pedirte un favor muy grande. Últimamente las cosas no me van muy bien en el trabajo y necesito ayuda, así que se la he pedido a un tio que tengo y va a venir esta noche a verme. Necesito que te acuestes antes de que llegue y no hagas ruido y no vengas a mi habitación mientras hable con él. ¿Podrás hacerlo? –
- Claro, mami. Ya soy grande.-
-¡Así me gusta! Sabes que eres mi muchachito preferido ¿verdad?-
De manera que aquella noche y muchas noches después de aquella, el tio de mami venía a verla y yo me acostaba temprano para no molestarles mientras hablaban.
Desde mi habitación no se podía oir lo que decían, pero si se oía cuando reian. A veces las risas eran muy fuertes, otras muy flojitas.
A veces pensaba que mami lloraba, pero no salí nunca a mirar si le pasaba algo, aunque un día le pregunté:
- Mami, ¿te hace llorar el tío? –
- No, cariño, ¿porqué lo dices? –
- Es que a veces me pienso que estás llorando, que el tío te hace daño y yo no quiero que te haga daño.-
- ¿Y que haría mi muchachito si eso pasara? –
- Yo…yo saldría, iría y le daría una patada muy, muy fuerte, como la que le dió ayer juanito a javier en el cole. –
- ¡Mi muchachito valiente! Sé que lo harías, pero no te preocupes, nadie me hace daño, ¿vale? –
- Vaaaale –


Han pasado muchos años de eso, ya no soy el bebé preguntón y entiendo lo que pasa en casa.
Sé que mamá tuvo que buscarse la vida cuando la despidieron de varios empleos por no poder compaginar su vida laboral con cuidar de su hijo.
Sigo oyéndola reir con su tío y hace tiempo que comprendí que no lloraba, como pensaba de pequeño.
Pero hoy si que está llorando.
Y, antes de que empezara a llorar, el sonido que he oído ha sonado a bofetón.
Me parece que hoy si que necesita a su Muchachito Valiente.
*-*-*-*-*

La vidriera

El último rayo del sol poniente incidió en la vidriera que abarcaba toda la pared oeste de la casa, provocando en la gran sala una sinfonía de luz y color.
“Lástima que su creadora no pueda verlo así”, pensó como cada vez que se producía el milagro.
La pared estaba formada por paneles que varíaban a diario su posición, con lo que la imagen reflejada era distinta cada día.
Las terrazas de las habitaciones superiores, proyectaban su sombra durante todo el día y tan solo este último rayo la iluminaba plenamente.
Cuando las sombras tomaron el relevo de la luz, se aseguró que las cámaras lo hubiesen grabado en toda su magnificiencia, para que Ella pudiera verlo y se dirigió a la cocina.
Ella ya se habría levantado.
Tenía un sexto sentido que la despertaba en cuanto el sol desaparecía tras el horizonte.
Le preparó el tentempié, que Ella denominaba desayuno.
(-Al fin y al cabo es mi primera comida del día, ¿no?- solía decirle).
Eligió una flor, un ave del paraíso especialmente hermosa que había en el ramo de hoy, para ponerla en el florero que acompañaba la bandeja y se dirigió a su habitación.
- Hoy ha sido espectacular - le dijo al entrar.
- Cuando vuelva lo veré– respondió Ella –tengo una cita con un par de clientes esta noche. Un nuevo rico quiere que le diseñe algo especial para presumir ante sus nuevas amistades y uno de ellos está pensando en hacerle un regalo a su nueva amante.- añadió.
- Todavía me asombra que nadie se pregunte porqué solo les recibes por la noche-
- Hoy en día nadie se asombra de nada. Y menos cuando se trata de artistas. Todo el mundo da por supuesto que si no nos comportáramos de forma extravagante, no seríamos genuinos.-
- Cuando vuelvas tendrás preparada la sesión de hoy.-
- No se que haría sin ti. Eres lo mejor que me ha sucedido nunca.-
- ¿Quieres que espere a que regreses?-
- No. Descansa. Sé que el día es muy largo para ti.-
La siguió hasta la puerta de la casa, pendiente de cualquier detalle que a Ella pudiera pasársele por alto.
Al cruzar la puerta Ella miró al cielo.
- Esta noche la luna está preciosa.-
- ¿Puedo pedirte algo?-
- Lo que quieras.-
- No les hables de nuestra pared.-
- ¡Claro que no!. Este es nuestro secreto.-
Abrió la puerta del coche que iba a usar aquella noche.
Antes de entrar se volvió y añadió con un guiño:
-Y no es el único ¿verdad?.-
Arrancó y se perdió en la oscuridad.
*-*-*-*-*


La garita de Zoraida

Es casi medianoche.
Casi medianoche del martes 13 de marzo.
Mal día y mala hora para estar allí.
¿Qué cojones hacía él allí?
Es más, ¿que cojones hacían todos ellos allí?.
¿Qué mierda se les había perdido en aquel desierto?
¿Y para que cojones lo querían?

Le arreó un viaje a la botella que sus compañeros le habían dado.
No sabía si había algo de cierto en la leyenda de la garita de Zoraida, pero le había tocado hacer guardia en ella, aquella precisa y jodida noche.

Le pareció oir un ruido a su derecha.

Los compañeros le habían dicho que si oía algo aquella noche, se acurrucara lo más al fondo de la garita que pudiera, cerrara los ojos y que, si podía, no respirase siquiera. ¡JA!
El no era un puto cobarde. Si había que bailar lo hacía, aunque fuera con la más fea.
Como oyese un suspiro más, se iban a enterar.
Mientras, le endiñaría otro tiento a aquel brebaje con más alcohol que una destilería.

El ruído se repitió y el giró, raudo, hacia el sonido apuntando con la ametralladora.

Las ordenes decían que había que dar el alto de viva voz.
¡Que se metieran las jodidas órdenes por el culo, que él no iba a facilitar su localización tan alegremente.!

Algo se movió hacia su izquierda y él siguió ese movimiento con el cañón del arma.

Seguro que eran esos soplapollas que le habían contado el cuento, o algún pez gordo con ganas de tocarle los huevos.
Pues que se anduvieran con cuidado, que no le importaría dejarlos fritos y decir que no habían respondido al ¡Alto! que él había gritado bien fuerte. Y a ver quien era el guapo que demostraba lo contrario, porque él, donde ponía el ojo ponía la bala. O el cañón. Jajajajajaja.



- ¡Dios mio!. Mi sargento, venga a ver esto.-
El sargento se acercó a la garita hacia cuyo interior miraba el soldado que iba a hacer el relevo matinal.
-¡En nombre de Dios! ¿Qué ha pasado aquí? – exclamó retrocediendo unos pasos mientras se cubría la boca con el antebrazo.
*-*-*-*-*

El autobús

La primera vez que la vió, pensó que era la chica mas guapa que había visto nunca.
Estaba sentada leyendo un libro y, cada vez que el autobús se detenía, levantaba la vista, miraba brevemente por la ventanilla y seguía leyendo.
El no pudo dejar de mirarla durante el tiempo que duró su viaje.

Al día siguiente volvió a verla.
Estaba en otro asiento, pero seguía leyendo y mirando por la ventanilla.
En una de las ocasiones en que lo hizo, le vió a él, que la miraba.
El notó como el rubor le invadía.
Ella se dio cuenta y le sonrió y aunque afuera llovía, dentro del autobús salió el sol.

El tercer día él estaba a la espera de que ella le mirara para ser el primero en sonreir.
Y logró no ruborizarse cuando ella le devolvió la sonrisa.

Al día siguiente, mientras esperaba que llegara el autobús, iba pensando en que se pondría a su lado y cuando ella le mirara le preguntaría su nombre y, si se atrevía, le diría lo guapa era.
Cuando llegó el bus subió el primero, avasallando a todo el mundo, a fin de lograr su objetivo.
Lo que vió fue como un bofetón.
Ella estaba sentada junto a un chico, charlando con él, riendo con él, sonriéndole a él.

Buscó un lugar junto a una ventana, en la plataforma central, donde poder mirar al exterior, donde no verles, ni ser visto, donde pasar desapercibido por todos.

Y por vez primera en su corta vida, deseó que su madre no le preguntara porqué lloraba.
*-*-*-*-*

 
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