Carta a una futura madre

Acabas de saber que estoy aquí.
Que estoy creciendo en tu vientre.
Y quiero pedirte una cosa.
Ahora que todavía no soy más que unas cuantas células informes,
solo quiero pedirte una cosa.
Dentro de unos meses habré crecido lo suficiente para salir.
Durante esos meses me habré acostumbrado a oir tu corazón y a escuchar tu voz.
Y necesitaré seguir escuchándolos cada vez que me encuentre mal.
Cuando me empiecen a salir los dientes y el dolor me haga llorar días y noches enteros, necesitaré sentir tus latidos para calmarme.
Cuando me duela la tripa, solo ellos me harán sentir mejor.
Cuando necesite compañía, solo tu voz me hará sentir bien.
Cuando empiece a caminar, solo tu presencia evitará que me caiga.
Y si me caigo, un beso tuyo curará mis heridas.
Te necesitaré durante mucho tiempo.
Necesitaré saber que estás ahí, conmigo, y que me amas.
Por eso hoy quiero pedirte una cosa.
Tan solo una.
Si no vas a quereme, no esperes a que llegue a sentir tu corazón.
Ni a que pueda oir tu voz.
Porqué hoy tan solo soy un informe montón de células.
Que todavía no siente nada.
Que aún no ha empezado a tomar forma.
Si no vas a quererme, no esperes a que nazca.
No conviertas mi vida en un infierno ni pospongas mi final.
Porqué hoy soy, tan solo, algo informe.
Porqué hoy, todavia no soy nada.

La cuadra

Estaba harta. Más que harta. Estaba hasta el moño.
A lo largo de su vida, no recordaba haber hecho otra cosa que limpiar, fregar, barrer, lavar, planchar…y total ¿para que?
Cuando era pequeña y tenía que ayudar a su madre a hacerlo, nunca recibió de ella ni un elogio por la faena bien hecha, pero si que había recibido más de un coscorrón si olvidaba algún rincón al barrer, o dejaba una mota de polvo.
A base de ellos había aprendido a hacerlo bien.
Cuando pasaban semanas y meses sin que su madre la reprendiera por haber dejado algo mal, era consciente de que su trabajo había sido perfecto, aunque no reconocido.
Y se había convertido en hábito.
Al casarse pensó que su marido sabría reconocer que siempre tenía la casa, como decía su madre: “Como los chorros del oro”, aunque no hubiese visto nunca uno y por tanto no supiera que aspecto pudieran tener.
Pero él tampoco apreciaba su labor.
Pensó que eso era algo inherente al hecho de ser un hombre y desconocer como se llevaban a cabo estas tareas, pero cuando los hijos empezaron a enredar por la casa, a menudo él le llamaba la atención si encontraba un juguete fuera de lugar o los niños habían manchado algo sin que ella se diera cuenta.
Ni que decir tiene su reacción si encontraba una arruguita, por pequeña e invisible que fuese en una camisa. La desechaba arrugándola, para que ella tuviese que volver a plancharla, fijándose más.
Y al igual que su madre había hecho, nunca había tenido una palabra amable o de admiración hacia su trabajo cuando estaba perfecto.
Los años habían ido pasando, los chicos se habían marchado a vivir sus vidas y ella seguía igual. Esclava todo el día de una casa que no era un hogar y de un hombre que hacía tiempo que había dejado de ser un marido.
El día anterior, al agacharse para recoger un papel que se le había caido, una punzada en los riñones la había dejado doblada y casi sin poder moverse.
Por la noche, al llegar a casa, a él solo se le había ocurrido decirle:
-¿Qué, has estado todo el día viendo la tele y rascándote el coño? ¿Has visto como tienes la casa? ¡Parece mentira!-
Después había cenado de mal humor, se había sentado en el sofá, cogido el mando de la tele y se había puesto a mirarla sin más comentarios.
Ella había intentado contarle lo que le había sucedido, pero solo obtuvo un: ¡Excusas! y la indiferencia de rigor.

Esta mañana él se había vestido para ir a trabajar y antes de salir le había espetado: -A ver si cuando vuelva has adecentado esta cuadra-
Tras su marcha, ella se dedicó a pasar el dedo por los muebles. En un solo día sin quitarlo, apenas si había nada; el suelo, al no haber niños, estaba limpio, excepto algunas migas alrededor de la mesa; los cristales, al no haber llovido no se habían ensuciado y todavía no tocaba limpiarlos, (llevaba un estricto plan de limpieza); no había ropa por lavar, salvo la usada los dos últimos días, ni por planchar, pues lo había hecho el día anterior al de ayer.
Entonces ¿qué había hecho que él se diera cuenta de que en todo el día apenas si había podido hacer nada?
La casa se veia limpia, ¿porqué la había llamado cuadra?.

Cogió la aspiradora para empezar su labor diaria y como tenía por costumbre miró el nivel de la bolsa por si era necesario cambiarla.
Estaba casi llena, así que se dirigió a la cocina en busca de una nueva y, de paso, hacerse un café para afrontar el nuevo día.
Mientras esperaba que el café acabara de subir y así evitar que se derramara y tener que limpiar innecesariamente la cocina tuvo una idea.

El café terminó su viaje y llenó una taza.
Se sentó a tomárselo mientras maduraba su plan.

Una vez terminado, lavó la taza, la colocó en el escurridor, cogió el cubo de la basura, que el día anterior no había podido bajar y se dirigió a la otra punta de la casa, donde ya tenía la aspiradora.
Sacó la bolsa llena de polvo de la panza del aparato y empezó a derramar el polvo de la bolsa y la basura por toda la casa, cuidando de pisar bien pisado todo aquello que pudiera dejar manchas en el suelo.
Vió un tomate que había desechado por no estar en perfectas condiciones para la ensalada y lo restregó por la mesa y por algunos muebles.
Fue a la cocina y vació el poso del café en un plato. Luego embadurnó las puertas, que por suerte eran blancas, con él.

Un par de horas más tarde dio por finalizada su labor.
Se duchó dejando la mampara abierta para que el agua mojara la alfombra y cuanto estuviese a su alcance, aprovechó para dejar el baño bien enredado, con restos de pintalabios en el espejo y manchas de jabón en el lavamanos, se vistió y cogiendo su bolso salió por la puerta.

Anochecía ya cuando él abrió la puerta y lo primero que vió fue la nota que ella había dejado pegada en el espejo.

Cariño:
Me has dicho que limpiara la cuadra, pero no creo que hayas visto nunca ninguna, así que te he dejado un ejemplo de lo que es una verdadera cuadra.
Me he ido a pasar unos días a casa de la nena.
Cuidate.
Besos.
Postdata: Me parece que no hay nada en la nevera, pero quizás encuentres algo en el congelador.
*-*-*-*-*


El beso

-¿Que te parece si intentamos batir nuestro record?- le preguntó antes de unir sus labios.
Ella no tuvo tiempo de responder, pues ya la boca de su amado cubría la suya.
Y como siempre que la besaba, se maravilló de que ni el paso de los años ni los problemas, hubiesen mermado el amor que sentían.
Lo suyo había sido un flechazo de los de verdad.
Del día que se conocieron solo recordaba el vuelco que le había dado el corazón.
Lo mejor de todo es que había sido mutuo y tras una temporada de escarceos, que aprovecharon para irse conociendo, decidieron unir sus vidas.
Apenas recordaba peleas.
Alguna vez habían tenido diferencias de opinión, pero siempre lograban llegar a una solución de compromiso que no hiciera mella en su mutuo afecto.
Como cuando intentaron tener un hijo.
Tras innumerables pruebas los médicos les habían dicho que no lograban entender cual era el problema, pues ambos eran fértiles. Pero, por algún extraño motivo no lograban procrear.
Barajaron muchas opciones, hasta que un buen día él la llevó a cenar y le preguntó si sentía la necesidad de tener un hijo.
Ella le respondió que si, pero solamente si él era el padre.
-Has interpretado mis sentimientos a la perfección.- había dicho él- pues no deseo que nadie más que tu sea la madre de mis posibles hijos.-
Así que habían decidido dejar que la naturaleza siguiera su curso y si alguna vez su amor daba frutos serían bienvenidos, de lo contrario seguirían amándose ellos dos.
Y habían pasado los años sin que los diera, pero su amor seguía tan firme como el primer día.
Todavía se le aceleraba el corazón cuando se le acercaba y él seguía colmándola de atenciones, flores, sorpresas…
Este año él le había regalado un viaje.
No, no un viaje cualquiera, era EL VIAJE, así en mayúsculas.
Una gira por todos los sitios que ella siempre había deseado visitar, pero que las obligaciones de ambos habían ido posponiendo.
Recordó como él le había susurrado al oido: -¿Confías en mi?- Y ella le había mirado y chispeándole la travesura en los ojos le habia dicho: -Ni loca-
-Pues haz las maletas que nos vamos- había replicado él.
Y allá que habían ido. Ella no sabía hacia donde y solo en el aeropuerto había descubierto su destino. París.
En realidad su primer destino, pues de allí habían ido a Italia y a Turquía, Egipto, Petra y a tantos sitios maravillosos que casi había perdido la cuenta.

Una azafata se acercó a ellos, interrumpiendo su beso.
-Por favor, -les dijo- deberían hacer caso de las instrucciones de seguridad para aterrizajes de emergencia.-
-Señorita, con todos mis respetos, -replicó él- váyase a tomar viento. Cuando este aparato llegue al suelo no quiero enterarme. Quiero estar abrazado a mi mujer. Besándola. Por si es nuestro último beso.-
*-*-*-*-*

El regalo

Estaba preocupada.
Mucho. Y no sabía a quien recurrir ni qué hacer.
Su hijo había cambiado. Llevaba unos días muy extraño.
Al volver de la escuela se encerraba en su habitación y no salía hasta que lo llamaba para cenar.
Y no sólo eso. Había comprado un candado y cerraba la puerta cuando salía de casa.
¿Qué había hecho mal?
Porqué este comportamiento le daba mala espina.
Había oido demasiadas cosas acerca de los malos hábitos que podían adquirir los hijos y aunque él no disponía de demasiado efectivo, sabía que los chicos son capaces de hacer muchas cosas para conseguirlo.
¿Qué podía hacer? ¿Hablar con alguien?, si pero ¿con quien?.
¡Si su marido estuviera a su lado! El, como padre y como hombre, quizás hubiera sabido qué hacer.
Maldijo, por enésima vez, al borracho, hijo de mala madre, que se había cruzado en su camino aquel aciago día y les había privado de su compañía y su amparo.
Pensó en romper el candado, pero había dejado de considerarlo pensando que si sus peores temores se hacían realidad, quizás la reacción de su hijo fuera desmesurada y ella no deseaba este enfrentamiento.
Por otro lado sus respuestas a cosas cotidianas, su actitud mientras compartían la mesa y sus notas escolares no demostraban que hubiese habido ningún cambio en su carácter, como decían que sucedía cuando caían en la tentación de las drogas.
Se estremeció al aparecer esta idea en su mente, así, con tanta claridad.
Cada vez que pensaba en todo esto, le daba vueltas al tema obviando la temida palabra, como si el no pensar en ella imposibilitara que este fuera el motivo.
Había intentado preguntarle a su hijo el motivo de su conducta, pero él había respondido con evasivas y cambiado de tema en cuestión de segundos.
Y los días pasaban sin que ella supiera a que atenerse.
Por las noches, al acostarse, seguía dándole vueltas al asunto y acababa durmiéndose rendida por el llanto.
Lloraba en silencio, para que él no la oyese.
No es que le tuviera miedo a su hijo, pero sí que le temia a lo que las drogas pudiesen hacerle hacer.
Porqué cada día que pasaba se convencía más de que este era el problema.
Esta noche, mientras cenaban le había planteado la cuestión de la limpieza de la habitación y él le había respondido que no se preocupara, que ya se ocupaba él del tema.
-Pero se tienen que cambiar las sábanas- había insistido ella.
-No te preocupes, mamá, ya las cambiaré- había contestado él y cambiado de tema automáticamente y cuando ella había intentado insistir, pensando que por ahí podría llegar a alguna parte, él le había dicho que quería escuchar lo que decían en la tele, en la que hacían una entrevista a alguien a quien no conocían.
Finalmente ella había callado.

El domingo siguiente él le llevó el desayuno a la cama.
-¡Feliz día de la madre!- le dijo dándole un beso mientras depositaba la bandeja con cuidado de no derramar el zumo.
Había hecho tostadas y zumo y café. Incluso había una rosa junto a la taza.
De pronto retiró la bandeja diciendo –Mejor ven al comedor, estarás más cómoda y desayunaremos juntos.-

Al entrar en el comedor comprendió el porqué de la extraña actitud de su hijo y grandes lágrimas de alivio y de felicidad se deslizaron suavemente por sus mejillas.
Un cuadro de ella con su marido, copia de una fotografía que se habían hecho durante su luna de miel, presidía el comedor.
*-*-*-*-*